Ciudadanía

Después del cambio de mando: polarización persistente y democracia de ganadores y perdedores

16/05/2026
Share

El cambio de mando no cerró el ciclo político abierto por la elección presidencial de 2025. Al contrario, los nuevos datos del Comparative National Elections Project (CNEP), aplicado en Chile por el Laboratorio de Encuestas y Análisis Social de la Universidad Adolfo Ibáñez (LEAS-UAI), muestran que varios de los rasgos observados durante la campaña se mantienen —e incluso se profundizan— en los primeros meses del nuevo gobierno.

CNEP es una red internacional de investigación fundada en 1990 para estudiar procesos electorales de manera comparada. Su cuestionario estandarizado permite analizar actitudes políticas, comportamiento electoral y percepciones ciudadanas en más de 30 países. En Chile, el estudio se ha aplicado en distintas elecciones desde 1993 y, desde 2021, es desarrollado por la Universidad Adolfo Ibáñez.

Para estudiar la elección presidencial de 2025, LEAS-UAI recolectó datos en tres momentos. La primera ola, antes de la elección, mostró una alta polarización afectiva, caída del centro político y mayor valoración de liderazgos fuertes. La segunda, realizada después de la segunda vuelta, mostró que la polarización no disminuyó. La tercera ola, aplicada entre marzo y abril de 2026, después del cambio de mando, confirma que la polarización sigue instalada en el electorado chileno.

La polarización no disminuye

El hallazgo central es la persistencia de la polarización afectiva. La elección presidencial de 2025 alcanzó un índice de 6,7 puntos en una escala de 1 a 10, el nivel más alto registrado por CNEP en Chile desde 1993 y el segundo más alto entre las elecciones estudiadas por el proyecto desde el año 2000. Solo fue superado por la elección presidencial de Estados Unidos de 2024, entre Donald Trump y Kamala Harris.

La comparación chilena es elocuente. En 2021, la polarización afectiva entre Gabriel Boric y José Antonio Kast alcanzó 3,9 puntos. En 2025, la competencia entre Jeannette Jara y José Antonio Kast llegó a 6,7 puntos. Esto indica que el país no solo vivió una elección competitiva o intensa, sino una elección emocionalmente más divisiva.

La polarización afectiva se diferencia de la polarización ideológica. No se refiere únicamente a diferencias programáticas o doctrinarias, sino a sentimientos de cercanía y rechazo hacia grupos políticos opuestos. Moviliza identidades, pertenencias y emociones. Por eso puede tener consecuencias especialmente complejas: dificulta el diálogo, reduce la disposición a llegar a acuerdos, refuerza la fragmentación y puede contribuir a climas de mayor hostilidad política.

Lo más relevante es que esta polarización no disminuyó después de la elección ni tampoco después del cambio de mando. En condiciones normales, podría esperarse que la intensidad emocional de la campaña se reduzca una vez terminado el proceso electoral. Sin embargo, los datos muestran otra cosa: las distancias afectivas se mantienen.

Este resultado sugiere que la polarización ya no puede interpretarse solo como un efecto pasajero de la campaña. Hay algo más estructural ocurriendo en la ciudadanía. La competencia electoral termina, pero las distancias entre electorados permanecen.

Los votantes de Kast se polarizan más

La tercera ola también muestra una diferencia relevante entre electorados. Mientras los votantes de Jara mantuvieron niveles altos de polarización, los votantes de Kast se polarizaron más después del cambio de mando.

Antes de la elección, el índice de polarización entre los votantes de Jara era de 60% y subió a 62% después del cambio de mando. Entre los votantes de Kast, en cambio, pasó de 52% a 62% en el mismo periodo.

Una posible interpretación es que parte del electorado del nuevo gobierno llegó con expectativas muy altas respecto del orden, la seguridad y la capacidad de control. Sin embargo, los primeros meses de gobierno pueden haber mostrado que producir orden es más difícil que prometerlo. Si a eso se suman problemas comunicacionales, tensiones internas o demoras en la obtención de resultados visibles, algunos votantes pueden reaccionar endureciendo sus posiciones.

En otras palabras, la polarización no solo puede crecer en la oposición. También puede aumentar entre quienes apoyan al gobierno cuando sienten que sus expectativas no se satisfacen con la rapidez esperada. Esto es especialmente importante para gobiernos que llegan al poder con un mandato fuerte de orden: el apoyo inicial puede transformarse en presión, y la presión en frustración.

El efecto espejo: democracia, confianza y resultado electoral

Otro hallazgo clave del estudio es el llamado “efecto espejo” entre los votantes de Kast y Jara. Después del cambio de mando, las percepciones sobre democracia, elecciones e instituciones se movieron en direcciones opuestas según el resultado electoral.

Entre los votantes de Kast, la satisfacción con la democracia aumentó de manera importante. Antes de la elección, solo 7% se declaraba “muy satisfecho” con la democracia. Después del triunfo de su candidato, esa cifra subió a 24%. Al mismo tiempo, quienes se declaraban “poco o nada satisfechos” disminuyeron de 71% a 31%.

Entre los votantes de Jara ocurrió lo contrario. La proporción de “muy satisfechos” bajó de 18% a 14%, mientras que quienes se declaraban “poco o nada satisfechos” aumentaron de 31% a 48%.

El mismo patrón aparece en la evaluación de las elecciones. Antes de los comicios, 33% de los votantes de Kast creía que las elecciones serían completamente libres. Después del cambio de mando, la cifra llegó a 60%. Entre los votantes de Jara, en cambio, la percepción cayó de 62% a 38%.

Estos resultados muestran que ganar o perder una elección incide fuertemente en la forma en que las personas evalúan el funcionamiento de la democracia. Quienes ganan tienden a mirar el sistema con más confianza; quienes pierden, con más sospecha o insatisfacción, tal como indica la investigación comparada.

Esto no significa que el apoyo abstracto a la democracia se comporte del mismo modo. Hay una diferencia importante entre valorar la democracia como régimen y estar satisfecho con su funcionamiento concreto. En el caso de los votantes de Jara, el apoyo a la democracia es más transversal. Entre los votantes de Kast, en cambio, persisten niveles más altos de tolerancia hacia alternativas autoritarias: según los datos reportados, un 34% sigue pensando que, en algunas circunstancias, un régimen autoritario puede ser preferible a una democracia.

Confianza institucional: mejora entre ganadores, pero no cambia el clima general

El efecto espejo también aparece en la confianza hacia el gobierno. Entre los votantes de Kast, la completa desconfianza antes de la elección alcanzaba 72%. Después del cambio de mando, ese electorado registró un 47% de alta confianza en el gobierno. Entre los votantes de Jara, en cambio, se observó un 56% de baja confianza tras el inicio de la nueva administración.

Esto muestra que el cambio de gobierno produjo una revalorización del sistema político entre quienes apoyaron al candidato ganador. Sin embargo, esa señal debe interpretarse con cautela. No necesariamente implica una recuperación generalizada de la confianza institucional en Chile. Más bien, indica una mejora localizada en el electorado oficialista.

La desconfianza sigue siendo mayoritaria en el país. Por eso, aunque entre los votantes de Kast exista una mirada más positiva hacia el sistema político, todavía se trata de una señal parcial y frágil. Chile no ha entrado en una etapa de alta confianza institucional. El cambio de mando reordenó percepciones, pero no resolvió el problema de fondo.

Un sistema político bajo presión emocional

Los resultados de esta tercera ola del CNEP-LEAS permiten mirar el momento político chileno con mayor precisión. La elección presidencial no solo produjo un cambio de gobierno. También dejó un país emocionalmente dividido, con electorados que evalúan la democracia de manera muy distinta según hayan ganado o perdido.

El dato más preocupante es la persistencia de la polarización afectiva. Cuando la competencia política se organiza en torno a identidades emocionales, los acuerdos se vuelven más difíciles. Los adversarios dejan de ser vistos solo como competidores legítimos y pueden pasar a ser percibidos como amenazas. En ese contexto, la gobernabilidad no depende únicamente de mayorías legislativas o de la capacidad técnica del gobierno, sino también de la disposición de los actores y sus electorados a reconocer legitimidad en quienes piensan distinto.

La tercera ola del CNEP muestra que Chile sigue siendo una democracia con elecciones valoradas, pero atravesada por desconfianza, polarización y percepciones muy sensibles al resultado electoral. Después del cambio de mando, algunos indicadores mejoraron entre los ganadores, empeoraron entre los perdedores y otros —como la polarización afectiva— simplemente no cedieron.

El desafío de los próximos años será gobernar en ese contexto: un país donde el resultado electoral ordena el poder, pero no necesariamente reduce la distancia emocional entre quienes compiten por él.

Publicado en La Tercera.