Ciudadanía

Chilenos poselecciones: alta polarización, democracia y liderazgo fuerte

7/02/2026
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Un nuevo estudio CNEP-LEAS muestra que la polarización política no disminuyó tras la elección presidencial de 2025. Además, entre los votantes de José Antonio Kast aumentó la valoración de la democracia, pero también la demanda por un liderazgo fuerte como componente del régimen democrático.

El ciclo electoral de 2025 dejó una señal clara: la polarización política en Chile no fue solo un fenómeno de campaña. De acuerdo con los resultados del estudio postelectoral del Comparative National Elections Project (CNEP), aplicado en Chile por el Laboratorio de Encuestas y Análisis Social de la Universidad Adolfo Ibáñez (LEAS-UAI), los altos niveles de polarización observados antes de la primera vuelta se mantuvieron después del balotaje.

La encuesta CNEP forma parte de una red internacional de investigación dedicada al estudio comparado de elecciones y comportamiento político. El proyecto se ha aplicado en más de 30 países y, en Chile, ha permitido analizar procesos electorales desde 1993. En su versión más reciente, el estudio contempló una medición preelectoral y una segunda medición postelectoral, realizada entre el 16 de diciembre y el 6 de enero, en la que se volvió a contactar a 1.000 personas previamente encuestadas.

Una polarización que no se disipó

Uno de los principales hallazgos del estudio es la persistencia de la polarización. Antes de la elección, la polarización afectiva —es decir, la distancia emocional con que los ciudadanos evalúan a los candidatos y sus adherentes— alcanzó un valor de 6,34 en una escala de 1 a 10, el nivel más alto registrado en las mediciones del CNEP en Chile.

Este resultado era llamativo por sí solo, pero la expectativa inicial era que la polarización disminuyera una vez finalizado el proceso electoral. Sin embargo, eso no ocurrió. La polarización se mantuvo constante, lo que sugiere que no se trata simplemente de una reacción coyuntural asociada a la campaña, sino de un rasgo algo más permanente del escenario político chileno.

La comparación histórica refuerza este punto. En la elección presidencial de 2021, entre Gabriel Boric y José Antonio Kast, el índice de polarización afectiva fue de 3,9. En 2025, la competencia entre Jeanette Jara y José Antonio Kast elevó ese indicador a 6,34, lo que representa un aumento de 62,5%. En paralelo, la polarización ideológica también se mantuvo en niveles elevados: después de la segunda vuelta pasó de 6,6 a 6,7.

Estos datos muestran que la competencia electoral terminó, pero las distancias emocionales e ideológicas entre sectores políticos no se redujeron. La elección resolvió quién gobernaría, pero no moderó las divisiones que atravesaron al electorado.

Un fortalecimiento del Partido Republicano

El estudio también registró cambios en identificación partidaria. Antes de la elección, el Partido Republicano aparecía como el partido con mayor cercanía declarada, con 6,9% de las preferencias. Después del triunfo de José Antonio Kast, esa cifra aumentó a 9,8%.

Este crecimiento puede interpretarse de dos maneras. Por una parte, es habitual que las fuerzas políticas ganadoras salgan fortalecidas después de una elección. El triunfo puede generar adhesión entre votantes sin militancia, simpatizantes blandos o personas que antes no expresaban cercanía partidaria. Por otra parte, también podría existir un efecto de validación: posiciones que antes algunos votantes podían expresar con cautela pasan a declararse con mayor apertura cuando una candidatura que las representa obtiene un respaldo electoral amplio.

Esta segunda hipótesis es especialmente relevante porque varias posturas defendidas por el Partido Republicano han sido controvertidas incluso dentro de la derecha. El triunfo electoral puede reducir la inhibición de ciertos votantes, al hacerles sentir que sus posiciones cuentan con una validación social más amplia. Con todo, se trata de una interpretación que requiere seguir siendo estudiada.

Democracia, ganadores y perdedores

Otro resultado central del estudio se refiere a la percepción de imparcialidad electoral. Antes de la segunda vuelta, 52% de los votantes de Jara consideraba que la primera vuelta había sido completamente libre e imparcial, frente a solo 27% de los votantes de Kast. Después del balotaje, los porcentajes se invirtieron: entre los votantes de Jara, la percepción de imparcialidad descendió a 36%, mientras que entre los votantes de Kast aumentó a 50%.

Este patrón es consistente con la evidencia internacional: quienes votan por el candidato ganador tienden a evaluar de manera más positiva la limpieza del proceso electoral, mientras que quienes apoyan al candidato derrotado suelen volverse más críticos. En el caso chileno, este cambio es particularmente interesante porque ocurre en un país donde la confianza en la imparcialidad de las elecciones suele ser relativamente alta en comparación con otras democracias.

La percepción de elecciones limpias también se asocia con una mejor evaluación de la democracia. Entre los votantes de Kast, el apoyo a la frase “la democracia es la mejor forma de gobierno” aumentó de 47% antes de la elección a 56% después del balotaje. Entre los votantes de Jara, esa valoración también subió, de 82% a 85%.

Algo similar ocurrió con la satisfacción con el funcionamiento de la democracia. Antes de la segunda vuelta, entre los votantes de Kast predominaban las opciones “poco satisfecho” y “nada satisfecho”, que juntas alcanzaban 70%. Después del balotaje, la opción más frecuente pasó a ser “algo satisfecho”, con 35%, mientras que la opción “muy satisfecho” subió de 7% a 16%.

También mejoró la evaluación general del régimen político entre los votantes de Kast: disminuyeron las respuestas que calificaban a Chile como “no una democracia” o como “una democracia con problemas severos”, mientras aumentaron las percepciones de que Chile es una democracia “con problemas menores” o una “democracia plena”.

Una democracia más valorada, pero asociada al liderazgo fuerte

Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que, entre los votantes de Kast, la revalorización de la democracia convive con una mayor demanda por liderazgo fuerte. Antes de la primera vuelta, 58% de sus votantes consideraba “muy importante” contar con un líder fuerte para que una sociedad sea considerada democrática. Después del balotaje, ese porcentaje aumentó a 69%.

La “unidad nacional y el patriotismo” también aumentaron como componentes relevantes de la democracia. La proporción que considera estos elementos “muy importantes” pasó de 43% a 47%, mientras que quienes los consideraban “poco importantes” disminuyeron de 14% a 10%.

Esto sugiere que, para una parte significativa del electorado de Kast, liderazgo fuerte, unidad nacional y democracia no son conceptos contradictorios. Por el contrario, pueden formar parte de una misma concepción democrática, en la que el orden, la autoridad y la conducción firme son vistos como condiciones para que la democracia funcione.

Este punto es crucial para entender el momento político actual. La demanda por un líder fuerte no aparece necesariamente como rechazo explícito a la democracia, sino como una forma distinta de entenderla. En contextos marcados por inseguridad, desconfianza institucional y percepción de desorden, una parte del electorado puede valorar la democracia no solo por sus procedimientos, sino por su capacidad de producir autoridad, eficacia y control.

Una democracia más fluida y más exigente

Los resultados del CNEP-LEAS muestran una ciudadanía cuyas percepciones políticas son sensibles al resultado electoral. Para quienes ganaron, la elección parece haber reforzado la confianza en la imparcialidad del proceso, la satisfacción con la democracia y la idea de que el sistema permite acceder democráticamente al poder. Para quienes perdieron, en cambio, algunas evaluaciones se volvieron más críticas.

Esta fluidez no es necesariamente negativa. Puede indicar que las elecciones siguen siendo un mecanismo reconocido para distribuir el poder y producir legitimidad. Pero también plantea una pregunta importante: ¿cuán consolidadas están estas posiciones si cambian con tanta fuerza según el resultado electoral?

El desafío para la democracia chilena es doble. Por una parte, debe preservar la confianza en sus procesos electorales, que siguen siendo una de sus principales fortalezas institucionales. Por otra, debe enfrentar un escenario de alta polarización, donde las visiones sobre democracia, autoridad y orden difieren de manera importante entre sectores políticos.

El desafío que viene

El estudio postelectoral CNEP-LEAS deja una conclusión de fondo: Chile no salió menos polarizado de la elección presidencial de 2025. La competencia terminó, pero las distancias afectivas e ideológicas persisten. Al mismo tiempo, entre los votantes del Presidente electo aumentó la confianza en la democracia, pero también la valoración de un liderazgo fuerte como parte de su definición.

Esto abre una tensión central para el nuevo ciclo político. La democracia chilena conserva fortalezas importantes, especialmente en la legitimidad de sus elecciones. Sin embargo, enfrenta un electorado más polarizado, más exigente en materia de orden y más dispuesto a asociar la democracia con autoridad y conducción firme.

Comprender esa tensión será clave para analizar el gobierno que comienza, la relación entre oficialismo y oposición, y la capacidad del sistema político para construir acuerdos en un país donde las diferencias no desaparecieron con el resultado electoral.

Publicado en La Tercera.